Su humor ácido y canalla, incluso surrealista a veces, lograba conectar con una amplia variedad de públicos, pese a no hacer concesiones a su libertad y a utilizar un lenguaje a menudo poco delicado y lleno de palabras malsonantes. Pero no se confundan, sus diálogos estaban llenos de una ironía fina e inteligentes juegos de palabras, fruto de una personalidad culta y formada, que usaba insultos e improperios varios con gracia y con elegancia (aunque pueda parecer una contradicción).
Los que nos hacen reir nos ayudan a ser felices, y por ello deberían recargarse con nuestro aplauso, revestirse de un barniz que los protegiera de las miserias y la enfermedad.
Del mismo modo que oíamos sus historias y las anécdotas de sus monólogos sin poder contener la risa, espero poder leer dentro de unos días la noticia de que Rubianes "no estaba muerto, estaba de parranda".
Rubianes - El trabajo dignifica [vídeo]
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